A menudo las palabras que nos hacen daño a nivel emocional duelen tanto o más que el dolor físico. El propio lenguaje refleja con palabras provenientes del mundo físico las consecuencias generadas por el dolor emocional en frases que utilizamos en el día a día. “Me rompió el corazón cuando me dijo…”, “Sentí como una bofetada cuando me confesó…”
Nos resulta muy sencillo expresar con palabras concretas provenientes del mundo de lo físico experiencias puramente emocionales. Utilizamos cada día términos físicos para referirnos a dolores de contenido puramente emocional.
El dolor social de las palabras
El dolor que genera esa palabra que nos hace sentir inferior frente a otra persona, o ese gesto que le quita valor a todos nuestros esfuerzos, se pueden llegar a sentir con igual o mayor intensidad que una bofetada real. Palabras, actitudes o gestos que nos hacen ver lo poco importantes o lo poco valorados que somos para el otro, se clavan en nuestra alma como un puñal. A veces esas heridas tardan toda una vida en curarse y se van con nosotros a la tumba sin haberse cerrado.
En algunos casos extremos estas heridas se transmiten en el genoma cultural de la familia y llegan a alimentar heridas y afrentas que pueden durar muchas generaciones. Con frecuencia la literatura o el cine nos han hecho llegar relatos de dolor social trasmitido de generación en generación que genera odio por un tercero. En muchas ocasiones esta herida abierta fue causada por una discusión o unas palabras donde una o las dos partes, muchos años antes, se sintieron tratados injustamente por el otro. Ya Shakespeare en su Romeo y Julieta nos habla del drama y el odio incurable que sentían los Montescos y los Capuletos.
Dolor físico y dolor social comparten vías neuronales
Los neurocientíficos que estudian el dolor social llegan a varias conclusiones muy interesantes: Una de ellas consiste en que que el dolor social que generan las palabras puede ser tan real como el dolor físico. Además ambos comparten las mismas vías neuronales. Se refieren, en concreto, a las áreas donde se procesan los componentes emocionales del dolor.
Incluso hay trabajos que han probado a administrar ciertas dosis de analgésicos efectivos con el dolor físico para comprobar su efecto sobre el dolor emocional. Los resultados muestran que los componentes emocionales del dolor social o de las palabras también se alivian al administrar un analgésico como el Paracetamol.
La herida del dolor social es más persistente
Es probable que aunque tanto el dolor físico como el dolor de las palabras o social compartan cierto sustrato neuronal, este no sea exactamente el mismo. Se pueden observar, por ejemplo, diferencias respecto a la permanencia y duración de ambos tipos de dolores. es probable que aunque tanto el dolor físico como el dolor de las palabras o social compartan cierto sustrato neuronal, este no sea exactamente el mismo. Se pueden observar, por ejemplo, diferencias respecto a la permanencia y duración de ambos tipos de dolores.
Seguramente nos resulte difícil rememorar y volver a sentir un dolor físico, por muy fuerte que haya sido. Sin embargo resulta muy sencillo volver a sentir el dolor de unas palabras o un gesto que hemos experimentado hace muchos años. Son experiencias que podemos revivir con relativa facilidad y que nos hacen tanto daño al volver a recordarlas, o más, que cuando sucedieron.
Son recuerdos que nos duelen por dentro. Con los que se hace muy difícil vivir. En el dolor derivado de estos recuerdos es difícil que se produzca una atenuación. Sin embargo cuando recordamos el dolor físico, aunque haya sido muy intenso en el pasado, disminuye su impacto al recordarlo en el presente. A medida que nos separamos del dolor físico pasado, casi podemos reírnos de él, e incluso bromear al hablar de él. Mientras que el dolor emocional lo solemos reservar para la intimidad y si nos vemos obligados a exteriorizarlo, probablemente las emociones se adelanten a las palabras. Resulta difícil explicarlo porque es íntimo , nuestro, y por ello difícil de exteriorizar.
Dolor como aviso del daño
Una de las funciones que podría tener el dolor es la de servir como señal de aviso del organismo para evitar un daño. Sería como esa bombilla que se enciende en el cuadro de mandos del coche para indicar una avería y la necesidad de hacer algo para que el daño vaya a más. Un dolor en un brazo nos indica que hay algo dañado en su interior y no debo forzarlo ni obligarlo a trabajar en exceso. El dolor al tocar una plancha caliente indica que debo retirar la mano para no quemarla. En estos casos el dolor funciona como una alarma al servicio de la supervivencia.
Es importante señalar que esa alarma pone en marcha un mecanismo de evitación del daño casi automático, que está al margen de la razón. A nuestro cerebro no le interesa entender que es lo que nos está quemando una mano, sino generar una reacción de alarma rápida que me lleve a retirarla. Luego ya tendré tiempo de razonar que hace una plancha caliente ahí o si fue una reacción exagerada porque toqué algo con una textura que no esperaba. Razonar cual fue el origen del dolor y la proporcionalidad de la respuesta vendrá después, en caso de que venga.
La mayor persistencia del dolor social, se podría entender como si para nosotros, que somos seres sociales, fuera más adaptativo e importante prevenir la posibilidad de sentirnos rechazados o minusvalorados en nuestro grupo que el peligro potencial del propio dolor físico. Sería como si las heridas generadas por las palabras fueran más profundas y de más difícil curación que las del dolor físico. Cualquier atisbo de exclusión del grupo sería visto como una amenaza por nuestro sistema emocional y generaría una reacción emocional encaminada a disminuir la probabilidad de tomar decisiones que nos pudieran perjudicar.
Probablemente somos seres mucho más sociales de lo que el espejismo individualista de esta sociedad nos quiere hacer ver.
Cuando el dolor soy Yo Mismo
A partir de esta información podríamos plantearnos unos interrogantes respecto al sufrimiento y la angustia del ser humano.
¿Qué sucede cuando el peligro o la amenaza del que el dolor de las palabras me quiere librar no proviene del exterior sino de mi mismo?
¿Qué sucede cuando el dolor emocional no proviene por ejemplo del hecho de poder perder a mi pareja o de que me puedan abandonar porque soy poco importante para mis iguales, sino que procede de un miedo irracional producto de mi mente?
¿Qué sucede cuando considero que debo recibir una consideración que los demás no me dan?
¿Qué sucede cuando me siento enjuiciado por los otros pero nadie realmente me está poniendo en tela de juicio?
¿Qué sucede cuando considero que nadie debe estar enfadado conmigo y descubro una palabra o un gesto de enfado normales?,
¿Qué sucede cuando no consigo que haya armonía a mi alrededor?
Si te sientes identificado. Si crees que las palabras te duelen por cómo te hacen sentir y no por lo que dicen, contacta.