No pensar

No pensar y sufrimiento emocional

Resulta paradójico que nuestra mente no sea capaz de realizar tareas que desde el sentido común deberían resultar sencillas. Por ejemplo, la lógica nos dice que debería ser fácil No Pensar. Solo debería ser un producto de nuestra voluntad.

Quiero no pensar

En muchas ocasiones la demanda del paciente que acude a la consulta es: “ He vivido algo negativo, he sufrido mucho y quiero quitármelo de una vez de la cabeza”, “No quiero pensar. ¡Quiero que deje de hacerme daño ya!”, “No le quiero dar más vueltas a eso” , “Si no quiero pensar ¿por qué pienso?”.

Es frecuente que nos pidan ayuda para quitarse algo de la cabeza porque usando sus propias estrategias, cuanto más intentan quitárselo más presente lo tienen. Es paradójico que cuanto más intento que este pensamiento, este recuerdo, estas imágenes dejen de molestarme; más fuertes se vuelven. “Parece que cuanto más lucho contra ellos más se me imponen y más me dominan”. Cuanto más lo intento controlar más me vence.

Pensar no es una cuestión de voluntad

Existe la idea de que el hecho de pensar o no pensar en algo es una decisión personal. Yo debería ser capaz de controlar lo que quiero o no quiero pensar en cada momento. “Debo poner mi mente donde quiera”. Parece que es una cuestión elegible, que depende nuestra voluntad. Que si seguimos pensando en algo que nos hace daño, a pesar de nuestra voluntad de no hacerlo es porque somos débiles, somos masoquistas o nos faltan estrategias para no hacerlo.

Cuando recurrimos a la psicología de bar, o al consejo bienintencionado de un amigo, nos dicen cosas del tipo: “Para que te vas a romper la cabeza con eso si total no lo puedes arreglar”. “No pienses más en ello”, “Por pensar que tu pareja no está contigo, no vas a conseguir que vuelva”. El consejo del amigo es que no le demos importancia a lo que nos preocupa. Que no hagamos caso a lo que nos preocupa, que le quitemos importancia.

Doble estigma del sufrimiento

Como no somos capaces de hacer caso de su consejo y sacarnos las preocupaciones de la cabeza, ahora es sufrimiento se ha multiplicado por 2. Al propio de lo que nos preocupa se añade el hecho de nuestra incapacidad para hacerlo desaparecer. Se añade el sentimiento negativo de nuestra propia inutilidad para hacer cosas que nos benefician. Se produce un doble estigma.

Existen situaciones en las que nos vemos obligados a explicar el por qué de nuestro malestar a otra persona. Explicar como nos sentimos y porque no somos capaces de aparcar la preocupación. Intentamos aclararle al otro el calado de nuestro sufrimiento. Para ello le damos razones para que nos entienda. Cuantas más razones aportamos al otro, menos lógico le parece nuestro sufrimiento. Cada vez se ve más autorizado en decirnos que lo que debemos hacer es no darle importancia, que pasemos, que no tiene sentido que nos pongamos así, que no vamos a cambiar nada sufriendo…

En definitiva, que nos lo quitemos de la cabeza. Aquí es donde aparece el doble estigma y encima nos queda una cierta “cara de tonto” por haber dado unas explicaciones que no han sido entendidas.

Confusión entre dolor físico y emocional

Podríamos hipotetizar que tal vez la confusión esté basada en establecer una comparación errónea entre el sufrimiento físico y el emocional. Generalizar que lo que vale para un tipo de sufrimiento tiene que ser válido para el sufrimiento en general. Considerar que hay un lenguaje común y entendible por todos que se refiere tanto a los conceptos físicos como emocionales del dolor. Poner al dolor emocional y al físico en un plano de igualdad.

Si deseas ampliar la información sobre el dolor social, el dolor que generan las palabras, consulta esta entrada anterior.

El dolor y el sufrimiento físico son relativamente sencillos de explicar y de comprender por nuestro interlocutor. Podemos ponernos fácilmente en el pellejo, y sentir el dolor y la incapacidad, que genera en nuestro interlocutor, por ejemplo, un problema de ciática aunque nunca la hayamos padecido.

Es muy importante el matiz de que no es necesario haber padecido un dolor físico para ponernos en el lugar del padeciente. Podemos llegar a empatizar tanto con el dolor físico narrado por un tercero que incluso podríamos marearnos cuando alguien que padece una fístula nos narra sus dificultades para ir al baño. Podemos empatizar y sentir nauseas cuando alguien nos explica el asco que sintió en ese viaje exótico, tan carísimo y exclusivo, cuando tuvo la oportunidad de catar unas estupendos sesos de mono vivo, cucarachas y escorpiones asados.

Tal vez el hecho de que los correlatos físicos de las situaciones negativas sean tan fácilmente entendibles por todas las personas nos lleve a inferir de manera equivocada que va a suceder lo mismo con los componentes emocionales.

Diferencia entre el dolor experienciado y el dolor recordado

En muchas ocasiones los conceptos que definen las variables físicas se pueden medir y cuantificar. Es un criterio subjetivo pero cuantificable desde un baremo personal de medida. Cada 60 segundos puedo informar, por ejemplo, del dolor que me está generando una intervención del dentista. En tiempo real puedo valorar de 0 a 10 el dolor que siento en ese momento. También puedo responder al momento en una exploración médica a la pregunta de ¿Le duele aquí?, cuando el médico me explora.

Pero lo paradójico es que cuando unos días después hable de mi experiencia con el dentista, y ya no sienta el dolor agudo de la intervención, probablemente el dolor que dije haber sentido en tiempo real y el que ahora informe que sentía en aquel momento no coincidan. Ahora no hablo del dolor que siento, sino del dolor que recuerdo haber sentido. Puede que minimice o magnifique el dolor real que informé haber sentido en tiempo real . Ahora ya no hablo de lo que sentí, sino de lo que recuerdo de lo que sentí. Ya no está presente la percepción del estímulo físico sino el recuerdo de lo que viví. Ahora hablan el recuerdo, la memoria, mis experiencias anteriores con el dolor, mis miedos pasados, mi anticipación de miedo futuro, etc. En el futuro ya no es tan sencillo ser objetivo ni coherente con lo vivido en el pasado.

Si esta trampa ya se produce a nivel intrapsiquico, es decir, respecto a uno mismo; como no se va a producir respecto a los demás. Si nosotros mismos valoramos de distinta manera nuestras viviencias en el momento en que suceden y en el momento de recordarlas posteriormente, como nos podemos plantear que los otros no vayan a cometer un sesgo de cara a empatizar con nuestro sufrimiento. Si además son hechos que no han vivido y que ellos también procesan desde su propia mente en función de sus experiencias anteriores, miedos, educación, etc.

Si quieres ampliar información sobre las vivencias experienciadas y las recordadas consulta las ideas de Daniel Khaneman.

La ayuda no pedida

En algunas ocasiones el fenómeno se produce a la inversa. Algunas personas con intención de ayudarnos, o de manipularnos, se erigen en maestros y nos dicen lo que debemos hacer para solucionar nuestros problemas. Creen que están entendiendo como nos sentimos y desde su infinita bondad y generosidad entienden que lo mejor que pueden hacer por nosotros es ayudarnos, darnos su opinión o incluso directamente decirnos lo que tenemos que hacer. Son gente que en ausencia de una petición de ayuda o consuelo por nuestra parte, deciden guiarnos sobre el camino a seguir para lidiar con nuestros sufrimientos.

Los motivos por lo que esas personas se ven obligados a prestarnos esa ayuda no pedida pueden ser infinitos. A veces se consideran investidos de esa autoridad para ayudarnos porque ellos ya han pasado por eso , o porque nos quieren mucho y les hace daño nuestro sufrimiento, etc.

Existe un refrán muy gráfico que refleja lo que sucede en esas situaciones:
“Si nunca has llevado mis zapatos, no me digas como atarlos”.

Si te has visto reflejado en el artículo y crees que podrías necesitar ayuda para manejar alguna de las situaciones reflejadas en él, podemos intentarlo. Contacta.